Eran eternas las noches por los senderos del cuarto anillo infernal, donde se encuentran todas las almas que en vida son tentadas por la carnalidad, formando colinas de cuerpos desnudos, unidos por sus miembros ensartados en todas sus cavidades. El demonio Undr, encargado de llevar la nomenclatura del Sodoma terrenal, caminaba templado, admirando la tranquilidad de sus valles como de costumbre, entre llantos y lamentos. Descendió hasta la alameda sur donde dichos cuerpos se convierten en brazas encendidas expresando injurias; lugar del infierno donde la humanidad se transforma en cenizas vivas, para así mezclar toda conciencia pecadora en una sola lamentación. Ahí sintió el pinchazo, algo anormal para el demonio Undr era sentir aquella sensación. El dolor provoco curiosidad en él.
Miró con extrañeza sus siete pies, tratando de reconocer cual era el pie delator. Al mirar los guijarros que le servían de camino también descubrió una especie de líquido viscoso y transparente, impregnando su huella. Volvió a reincidir, cavilar la situación, y no había duda, era dolor, un dolor intenso invocando sus pasos. Levantó la planta de su cuarto pie, contorsionándolo hasta su rostro metálico, y con horror descubrió una enorme espina roja, incrustada hasta el tuétano. Conmocionado la miró largo tiempo, hasta que a lo lejos notó otra de sus presencias.
Cruzando la octava calzada de la alameda, se avecinaba Kano, uno de sus tantos alter-egos demoniacos. Kano es una sanguijuela blanca, con tres ojos pardos formando un triángulo en la punta de lo que pareciera ser su cabeza, pero debido a la complexión de su cuerpo, todo él es su cabeza. Undr, guardó la calma, escondiendo su pie delator entre los otros seis. Kano, al pasar frente a él y no recibir las horrendas noches, lo interpretó extraño. Se acercó con lentitud hasta Undr y le dijo:
─Pésimos modales los tuyos en este siglo.
─¿Cuál sería el problema? ─preguntó Undr sin crisparse como era su costumbre.
─En todos los milenios que somos, nuca me habías parecido tan extraño; ya no te me pareces.
─¡Fruslerías! ─berreó Undr crispándose.
Kano examinó detenidamente cada uno de sus rasgos, intuyendo una mentira tras su afirmación. Undr, por su parte, continuaba conservando la calma, soportando el dolor que sufría y esperando el momento indicado para escapar de su presencia.
─Te he dicho que nada sucede con nosotros en este siglo.
Al escuchar esto, los tres ojos pardos de Kano lo miraron vacilantes.
─¡Bah!, tal vez tengas razón ─dijo finalmente Kano─, nada nuevo nos sucede jamás.
Undr, al escucharlo se sintió aliviado, y sin más palabras continuó su camino. Pero Kano no le quitaba la mirada de encima, aún observando sus espaldas se mantenía atento.
De momento, Undr, sometido al silencio de sí mismo, se sintió acosado, pero seguro. Sabía que Kano le vigilaba las espaldas, lo sabía tanto como él mismo lo sabía. Entonces, apresuro su paso, aumentando así el dolor, sin poder contener el fluir del sangrado.
─¡Estás sangrando! ─gritó Kano.
─Eso es imposible ─contestó Undr sin volverse.
La sanguijuela Kano cambió de forma, y se derritió entre los guijarros del sendero como el hielo en agua. Después surgió nuevamente frente a Undr quien sorprendido se detuvo.
Entonces el demonio Kano escupió el vientre de Undr, y este se desplomó debido a la fuerza del escupitajo, cayendo sobre las cenizas incandescentes.
Ni el golpe viscoso, ni las brazas de dichas cenizas lo lastimaron en lo más mínimo, sólo el dolor en su pie era el único perceptible.
─Te duele ─afirmó Kano─, y es tu cuarto pie al que no soportas.
─¡Fruslerías!
Kano hambriento envolvió las piernas de su presencia como la culebra se enrosca a un árbol y entre varios forcejeos logró coger el pie lastimado de Undr. En él encontró con sorpresa la causa de aquel dolor.
─Esto es... esto es... no puede ser... ─decía Kano desconcertado.
─¡Aléjate! ─gritó Undr entrando en desesperación. Cogió el viscoso cuerpo entre sus dedos y comenzó a despedazarlo con sus uñas metálicas. Después lanzó los residuos a las cenizas incandescentes y corrió hasta el sendero tratando de guardar el equilibrio, pero le fue imposible, a los pocos metros se desplomó a causa del dolor. La espina se había encajado aún más. En el suelo, admiró el cielo negro, la noche eterna que lo envolvía boca arriba.
─Es la espina roja, tan reconocible como extraña en este lugar ─dijeron a una voz las cenizas influenciadas por Kano.
─Fruslerías ─susurró Undr siendo presa de una enorme tristeza.
─Resígnate.
─No, no es posible.
─Que te resignes; eres tan pecador como todos en este tu reino.
─No ─decía Undr, y entre más negaba, la espina más se le incrustaba.
─Quedarás sentenciado por la eternidad, y continuaras sintiendo ese efímero dolor, sin comprender el sangrando, así por el resto de las eras.
Kano surgió nuevamente de entre los guijarros. Ahí miró a su presencia tendida sobre el suelo. Undr cerró los ojos y entre la nada se preguntó donde había contraído dicha espina que tantas penas le profesaba.
Los tres ojos de Kano lo miraron enternecidos, sintiendo un poco de piedad por el desahuciado.
─Así es la espina del amor. Nunca sabes dónde ni cuándo la contraes, a pesar de ser uno de los dueños del infierno, eres vulnerable a tal sentimiento ─dijo Kano e hizo una pausa ─. Me das envidia, y a todos los nuestros también les darás, lo que no soportamos es que hasta en el infierno existan enamorados. Pero dime, Undr, ¿Cómo se siente ese pecado llamado amor?
Undr, aún en el suelo, oía los gemidos de todas aquellas almas que jamás se callarán. Abrió los ojos y se dio cuenta de la inutilidad de aquella espina en ese lugar donde no nació el cielo y las nubes negras formulan la noche eterna de donde nadie escapa. Y como si hablara con él mismo, dijo:
─Es un dolor constante y agobiante, pero perfecto. Sé que jamás podre desenterrarme dicha espina por más que lo intente, y continuaré así mis siglos, hasta que las palabras dejen de existir, y no haya más almas que condenar, hasta que el infierno pierda su propósito y llegue al final, hasta entonces, el amor será tan bello, como doloroso, místico y perfecto.
Undr cerró los ojos, y jamás volvió a abrirlos. Así su amor fue cegado por su propia voluntad.
Era el diluvio, los sacrosantos reflejos crispantes descendiendo de las riveras colindantes, las estrellas reflejadas en cada una de sus gotas, y cada gota albergaba cientos de estrellas ardidas, sólo así el universo se multiplica. Era ver el diluvio, captarlo feroz, arrasando con todo a su paso, templos, ruinas, recuerdos, deseos. Era ver el diluvio de tu cuerpo desnudo, mojado y yo captarlo con cariño, con morbo; verte de todas maneras posibles ya que mis ojos sólo negrura ofrezcan.
En esta noche eterna desearía penetrar tanta belleza, mientras te escucho duchar, tan lejos y tan cerca.
Sólo oscuridad lasciva, corrosiva, que se extendía desde el largo pasillo frontal hasta la pared curva de la habitación, me envolvía en la sala, quien pudo ser la única testigo de mi turbador suceso aquella noche. Siempre viví solo, tenía el sentimiento intenso de saberlo sin orgullo ni decepción. A oscuras meditaba, me encantaba pensar sin ninguna luz encendida y saber que no había vieja que me reprochara vivir en penumbras. En esos momentos mi visión era nula, hay que reconocerlo, reconocer que no reconocí nada durante tanto tiempo. Creí erróneamente que ese manto de ceguera me cautivaría por el resto de mi vida.
Recuerdo haber fumado un par de cigarrillos y desperdiciar en meditaciones baladís el tiempo de sobra. Fue entonces, mientras acicalaba el tercer rubio entre mis dedos, que lo escuché por primera vez. Parecía provenir de frente, donde suponía estar mi recámara. Comenzó como un susurro, un chiflido quejumbroso que de momentos parecía acoplarse a un ritmo constante y estéril. Por el Dios en el que no creía, juro que nunca había sentido tanta excitación por la oscuridad, su excesiva fascinación y mi espíritu atrevido, fueron las razones por las que me le enfrenté.
Me levanté sigiloso, y guiado por el silbido misterioso caminé intuyendo las esquinas de los muebles, las grietas del piso, mi propio cuerpo; el cigarrillo brillaba en tono ladrilloso, sin alumbrar nada considerado. Al percatarme de su inutilidad ante aquel momento, con dolor y pena, lo destrocé en el piso, si es que en realidad se le podía llamar piso a aquello que parecía ya no estar, al final todo había sido devorado por mi solemne oscuridad pensativa. El silbido continuaba incitándome a buscar su origen.
Tragué saliva con dificultad. Pasé mi mano frente a mis ojos, pero todo fue inútil, la oscuridad se había vuelto tan densa, que no logre divisarla, como en un sueño mal cuajado donde no se percibe nada. En esos momentos dudé de mi propia existencia. El silbido, ahora se había convertido en algo parecido a una voz. Quizá siempre fue una voz y no un silbido; las ondas sonoras también tienden trampas a la distancia o eso quise creer.
─¿Quién está ahí? ─creo que pregunté, cuando todavía era yo.
La voz entonada en una melodía inhumana no contestó. Aquello comenzó a sulfurarme de tal manera que me creí presa de desmayo, algo que por suerte no pasó. Percatándome de haber caminado un largo trecho, calculando aproximadamente cincuenta metros desde mi sillón hasta mi habitación, pensé en un regreso, pero la oscuridad me había sumergido en su totalidad; ya no había retorno ni destino; yo estaba en el limbo.
Una vez tomada mi decisión de entregarme por completo a mi suerte y comprendiendo lo desagradable que se había convertido la escena, grité:
─¡Qué me digas quien eres, muéstrate, engendro de monstruoso canto!
Al escucharme, se detuvo al instante, en una nota seca e inmaculada. Sentí que mi universo se había esfumado al dejar de escucharlo. Era yo nada, un alma envuelta en penumbras, en coléricas soledades, en tristezas pesadas, en alegrías satisfechas por todas las emociones presentes. Era yo el verdadero monstruo de siempre.
Un viento débil comenzó a succionarme y continuó así hasta volverse acérrimo, jalaba de mis cabellos, de mis parpados; mi piel se estiraba dolorosamente. Ahí estaba, el sentir de todo, no había duda. Después, el canto continuo victorioso. Lo escuchaba, parecido al berrido de un gato en celo. Y como si se tratara de una frenética huida de emociones, una luz en el fondo de lo que yo creía mi habitación, se encendió brutal contra mis ojos desacostumbrados, obligándome a cerrar los parpados y esta a su vez los incendió. También traté de detener mi paso, de aferrarme a algún mueble, al piso, a las paredes ─si podía alcanzarlas─, pero ya no había nada en el lugar, el lugar era sólo mi presencia. Comprendí demasiado tarde que el viento que provenía de aquella intensa luz succionaba mi ser.
Por el Dios que ya fomentaba dudas en mí, puedo asegurar que mi alma nunca había estado expuesta a tanto dolor como en ese túnel. En esos momentos moría y lo sabía, moría de verdad y era prodigiosamente inevitable.
Todo sucedió sin darme cuenta, y siempre consciente de lo que acontecía a mi alrededor. La luz comenzó a crecer, o yo a acercarme a su gloria; había ganado, era mi final, no había manera de escapar de ella, de ahuyentarla, de olvidarla o apagarla, de regresar a fumar en la oscuridad...
Al cruzar la luz y tenerte entre mis brazos no pensé más, se me nublaron los ojos de lágrimas, me habías vencido con esos pequeños ojos todavía cerrados, esa manitas, esos piececillos, esa piel viva que lloraba sin cesar al ritmo de alguna melodía secreta para todos, excepto para mí. Sentí tu calor, tu vida deslizándose en mis dedos, y me pregunté si tendrías el mismo miedo a la oscuridad como el cobarde de tu padre lo tuvo antes de conocerte... No lo creo, porque después de todo, de tanto navegar, de tanto sufrir, de tanto extraviarme, eres tú la luz eterna, y yo, yo no tuve que hacer nada para obtenerte, simplemente entregarte mi vida y morir para el único Dios en el que creo.
Ser escribiente, mas no escritor, porque yo no soy escritor, soy escribiente... La única diferencia entre un escritor y yo es que yo no soy escritor...