miércoles, 27 de enero de 2010

El encuentro


Sólo oscuridad lasciva, corrosiva, que se extendía desde el largo pasillo frontal hasta la pared curva de la habitación, me envolvía en la sala, quien pudo ser la única testigo de mi turbador suceso aquella noche. Siempre viví solo, tenía el sentimiento intenso de saberlo sin orgullo ni decepción. A oscuras meditaba, me encantaba pensar sin ninguna luz encendida y saber que no había vieja que me reprochara vivir en penumbras. En esos momentos mi visión era nula, hay que reconocerlo, reconocer que no reconocí nada durante tanto tiempo. Creí erróneamente que ese manto de ceguera me cautivaría por el resto de mi vida.

Recuerdo haber fumado un par de cigarrillos y desperdiciar en meditaciones baladís el tiempo de sobra. Fue entonces, mientras acicalaba el tercer rubio entre mis dedos, que lo escuché por primera vez. Parecía provenir de frente, donde suponía estar mi recámara. Comenzó como un susurro, un chiflido quejumbroso que de momentos parecía acoplarse a un ritmo constante y estéril. Por el Dios en el que no creía, juro que nunca había sentido tanta excitación por la oscuridad, su excesiva fascinación y mi espíritu atrevido, fueron las razones por las que me le enfrenté.

Me levanté sigiloso, y guiado por el silbido misterioso caminé intuyendo las esquinas de los muebles, las grietas del piso, mi propio cuerpo; el cigarrillo brillaba en tono ladrilloso, sin alumbrar nada considerado. Al percatarme de su inutilidad ante aquel momento, con dolor y pena, lo destrocé en el piso, si es que en realidad se le podía llamar piso a aquello que parecía ya no estar, al final todo había sido devorado por mi solemne oscuridad pensativa. El silbido continuaba incitándome a buscar su origen.

Tragué saliva con dificultad. Pasé mi mano frente a mis ojos, pero todo fue inútil, la oscuridad se había vuelto tan densa, que no logre divisarla, como en un sueño mal cuajado donde no se percibe nada. En esos momentos dudé de mi propia existencia. El silbido, ahora se había convertido en algo parecido a una voz. Quizá siempre fue una voz y no un silbido; las ondas sonoras también tienden trampas a la distancia o eso quise creer.

─¿Quién está ahí? ─creo que pregunté, cuando todavía era yo.

La voz entonada en una melodía inhumana no contestó. Aquello comenzó a sulfurarme de tal manera que me creí presa de desmayo, algo que por suerte no pasó. Percatándome de haber caminado un largo trecho, calculando aproximadamente cincuenta metros desde mi sillón hasta mi habitación, pensé en un regreso, pero la oscuridad me había sumergido en su totalidad; ya no había retorno ni destino; yo estaba en el limbo.

Una vez tomada mi decisión de entregarme por completo a mi suerte y comprendiendo lo desagradable que se había convertido la escena, grité:

─¡Qué me digas quien eres, muéstrate, engendro de monstruoso canto!

Al escucharme, se detuvo al instante, en una nota seca e inmaculada. Sentí que mi universo se había esfumado al dejar de escucharlo. Era yo nada, un alma envuelta en penumbras, en coléricas soledades, en tristezas pesadas, en alegrías satisfechas por todas las emociones presentes. Era yo el verdadero monstruo de siempre.

Un viento débil comenzó a succionarme y continuó así hasta volverse acérrimo, jalaba de mis cabellos, de mis parpados; mi piel se estiraba dolorosamente. Ahí estaba, el sentir de todo, no había duda. Después, el canto continuo victorioso. Lo escuchaba, parecido al berrido de un gato en celo. Y como si se tratara de una frenética huida de emociones, una luz en el fondo de lo que yo creía mi habitación, se encendió brutal contra mis ojos desacostumbrados, obligándome a cerrar los parpados y esta a su vez los incendió. También traté de detener mi paso, de aferrarme a algún mueble, al piso, a las paredes ─si podía alcanzarlas─, pero ya no había nada en el lugar, el lugar era sólo mi presencia. Comprendí demasiado tarde que el viento que provenía de aquella intensa luz succionaba mi ser.

Por el Dios que ya fomentaba dudas en mí, puedo asegurar que mi alma nunca había estado expuesta a tanto dolor como en ese túnel. En esos momentos moría y lo sabía, moría de verdad y era prodigiosamente inevitable.

Todo sucedió sin darme cuenta, y siempre consciente de lo que acontecía a mi alrededor. La luz comenzó a crecer, o yo a acercarme a su gloria; había ganado, era mi final, no había manera de escapar de ella, de ahuyentarla, de olvidarla o apagarla, de regresar a fumar en la oscuridad...

Al cruzar la luz y tenerte entre mis brazos no pensé más, se me nublaron los ojos de lágrimas, me habías vencido con esos pequeños ojos todavía cerrados, esa manitas, esos piececillos, esa piel viva que lloraba sin cesar al ritmo de alguna melodía secreta para todos, excepto para mí. Sentí tu calor, tu vida deslizándose en mis dedos, y me pregunté si tendrías el mismo miedo a la oscuridad como el cobarde de tu padre lo tuvo antes de conocerte... No lo creo, porque después de todo, de tanto navegar, de tanto sufrir, de tanto extraviarme, eres tú la luz eterna, y yo, yo no tuve que hacer nada para obtenerte, simplemente entregarte mi vida y morir para el único Dios en el que creo.


Lucas Luján

martes, 12 de enero de 2010

Crítica de “El muro (Jean Paul Sartre)”




Ahora comprendo por qué es una de las obras más representativas del maestro filósofo francés, quien de muchas maneras trata ─por medio de su filosofía existencialista─ de demostrar diversas vidas, diversos desarrollos y diversos finales, todos ellos basados en el pesimismo, en la muerte, en la desesperación y sublimación del concepto ser del ser humano.

El libro consta de cinco cuentos, todos de diferente consistencia existencialista, cada uno con su estilo propio, historias paralelas que, sigilosamente nos van adentrando a la vida y naturaleza de cada uno de los personajes ─que en su mayoría están perfectamente logrados─. “El muro”: Un cuento donde la muerte es inevitable, por más fe que se tenga y se huya de ella. “La cámara”: La historia de una joven cuyo marido se ha vuelto loco, y ella, a su vez, comienza a tener tildes de demencia también, repudiando a su propia familia que trata de alejarla de él. “Eróstrato”: Un hombre de mente criminal, sale por las calles detestando a todos sus semejantes, esperando el momento indicado para desencadenar su sentir, su náusea por la humanidad y liquidarla por completo. “Intimidad”: Historia de una pareja que ha tocado el fondo de la monotonía, del deseo; se detestan, pero también dependen uno del otro. “La infancia de un jefe”: Sin duda la mejor de las cinco obras, la más larga también, quizás una mini-novela, los constantes cambios de identidad en un niño, la madurez del niño. ¿Cómo llegará a convertirse en un hombre verdadero? ¿Encontrará su verdadera identidad? ¿Acaso el ser humano consigue conocerse alguna vez?

Sin duda, los cinco cuentos; una obra merecedora de ser leída.



Lucas Luján

miércoles, 6 de enero de 2010

El holgazán


Trató de levantarse pero cuando menos se dio cuenta ya estaba pegado a la silla, su piel encarnada a la suavidad del terciopelo morado que ahora, en vez de respaldo, era su propia espalda. No era fácil conformarse a la idea de saberse adherido a un objeto. «Los lazos de unión que tenemos con los objetos son tan notables como la fraternidad entre los hombres» pensó sin reconfortarse.
No fue mentira que trató de levantarse en más ocasiones y nada, siempre terminaba con el culo de madera; caoba fina, por lo menos podría presumir que lo más fino lo llevaba en el culo.
Meditó unos momentos en lo que le había pasado, era imposible que alguien como él, un ingeniero de tanto prestigio, tuviera la mala fortuna de encarnarse a una silla. Se frotó los ojos con paciencia, miró la decoración de su oficina, respiró profundamente resignado a sentarse, para entonces sobre él mismo.
A escasos cinco minutos su mutación era evidente, ahora sus piernas se encarnaban a las patas delanteras y sus brazos a las traseras, formando un arco análogo al de las sentaderas. «Así como va esto no tardaré en ser una silla». Y así pasó. Cuando los inspectores de control administrativo llegaron a recoger sus informes él ya era una silla.
«Otra vez llegamos tarde» berreó uno de los inspectores en tono despreocupado.
«Sácala a la calle junto a todas las demás. En vez de ser una renombrada institución burocrática terminaremos siendo mueblería» respondió el otro colérico, haciendo señas para que alejaran aquella silla de su vista.


Lucas Luján


viernes, 1 de enero de 2010

El leviatán enroscado


Es común de los leviatanes ser lúbricos; así apetecía; enroscado en sí mismo, no como todos los demás que se extendían ridículos sobre el piso...”:

Ese era comienzo de su relato de no ser porque Marco Beltrán optó por otras varias alternativas. Miró largo rato esa espeluznante hoja en blanco que nada le regalaba sino un incomodo estanque creativo. Para no caer en una persistencia sádica, salió a tomar un poco de aire; la simple mención de una bestia bíblica en su obra le obsequiaba cierto deleite mental. Desayunó huevos a la mexicana, pan tostado y café con leche en Bukner Champ´s. Pensó que una vez desayunado sería más fácil recrear el relato; las imágenes serían más concisas, maleables. Marco Beltrán sabía que había soñado alguna vez con un cuento parecido. Una vez frente a la máquina de escribir, pensaba: “el leviatán yacía enroscado en su propio cuerpo”. ¿Qué significaba aquello? ¿A dónde apuntaba aquella historia? ¿Era una historia real más allá de tratarse de la metaficción del cuento? No soportó más sus confusiones. Esa misma tarde fue a visitar a su colega Martha con la intención de contarle su padecimiento.

─Lo que pasa es que tienes varias entradas, pero recuerda que en el cuento sólo existe una salida ─dijo ella sirviéndole una tacita de té de naranjo─. Lo único que debes hacer es hallar la forma de entrar al pasaje narrativo.

Más tarde escribió:

Empezaría enroscándose, los leviatanes suelen olvidar su verdadera misión: la tentación al pecado, el dulce sabor de las almas condenables...”: Pero todo parecía inútil. Después, antes de tomar la siesta, anotó: “Él durmió pensando en la maravilla humana, se enroscó en sí mismo...”.

Cuando despertó ya no tenía ganas de escribir. Había acabado con eso de los réptiles bíblicos, y para olvidarse de todo eso leyó una novela rusa. Fue entonces cuando alguien llamó a su puerta. Marco Beltrán se levantó del diván con libro en mano. Era Martha.

─¿Aún te interesa la víbora?

─No, acabe con eso ─contestó Beltrán.

─Entonces cuento es.

─No, dejé de escribirlo. Caí en cuenta de que sólo fue un arranque ideático, no una historia.

Pero el leviatán nunca olvida la tentación hacia el hombre, esa pestilencia mortal que tanto lo seduce. La imaginación impúdica es un verdadero majar para el monstruo. Los deseos enmudecidos son su entremés y Beltrán lo comprendía. Hasta ese momento supo la verdadera razón de su estanque creativo. Veía deslizándose a la bestia por las paredes de su sala, mirándolos, mostrándoles la lengua, saboreando sus futuros bocados. Marco Beltrán se hallaba indefenso frente a su colega, sintió esa fragilidad. Tiró la novela rusa, la vio fijamente a los ojos percatándose de que ella no sabía nada. ¿Cómo iba a saberlo si nunca había visto al leviatán tan cerca como él lo estaba viendo?

─¿Qué sucede? ─preguntó Martha consternada al ver el aspecto de su amigo.

Pero que podía saber ella. El leviatán los había acorralado, la circunstancia estaba a punto de cobrar vida y ella seguía preguntando tonterías. El réptil había tapado todas las salidas posibles”. Él no dijo nada, aventó a Martha al suelo, cubriéndola con su cuerpo; demasiado tarde, los dos fueron devorados por la bestia de bestias, el momento era hermoso como trágico, el deseo se volvió ponzoñoso. La bestia comenzó por paralizarlos con una de sus letales mordidas, los desolló con su escamosa lengua y termino por desmembrarlos a pedazos. Al final los digirió perezosamente como debían de ser digeridas las presas de los leviatanes.

─No sabía que me tuvieras tanta confianza, Marco ─susurró a su oído Martha. Antes de levantarse con el pretexto de usar su sanitario, cubriéndose los pechos y la entre pierna con una frazada. “Ella no sabía, ahora es excremento de leviatán; todo había ocurrido como en un cuento soñado”. Él se acurrucó sintiéndose vulnerable ante el frío de la pieza, su desnudez lo deliberaba no solo de las nieblas intencionales que siempre tuvo presentes sino de sí mismo también. Pensó: “Pero el leviatán tenía más hambre. ¡Esas bestias siempre tienen más hambre!”. Miró las nalgas de Martha mientras ella caminaba, Marco sonrió con deleite.



Lucas Luján



domingo, 13 de diciembre de 2009

Benevolencias trágicas (texto reescrito)


Mañana por la tarde dibujaré pútridos para árboles solares, floreceré como engendro prodigioso del sereno y tierra. Se cumplirán mis deseos: abrir submundos bajo mis pies, tocando el clarinete del césped y sus maravillas envolventes. Durante el crepúsculo un pajarito verdeazul comerá migajas de pan en mi mano, esperando el ocaso quebrándose como las gladiolas. Junto a la omnipotente fuente de Marinetti saborearé un hirviente helado de pistache, placentero pronóstico de la velada; mi conciencia no sabrá nada. Cuando la noche sea fetal habrá de llegar el momento de pintar, superando mis pútridos: señoritas desnudas corriendo entre los prados, siendo llevadas por señores pingüinos de la mano. Dibujaré ancianos dándoles de comer lombrices a sus nietos, besando sus labios, dibujaré amantes sobre las sombras, mutilándose los miembros; carcomidos por los celos. Yo, junto al pajarito verdeazul, sublevaremos todo sentimiento de resguardo, aborreceremos las mencionadas escenas, ninguna digna de un cuadro, tan sólo de un bosquejo. Llegará la hora de retirarnos y regresar en paz a la madre tierra.


Pasado mañana por la mañana el pajarito verdeazul será mi madre.



Lucas Luján