Trató de levantarse pero cuando menos se dio cuenta ya estaba pegado a la silla, su piel encarnada a la suavidad del terciopelo morado que ahora, en vez de respaldo, era su propia espalda. No era fácil conformarse a la idea de saberse adherido a un objeto. «Los lazos de unión que tenemos con los objetos son tan notables como la fraternidad entre los hombres» pensó sin reconfortarse.
No fue mentira que trató de levantarse en más ocasiones y nada, siempre terminaba con el culo de madera; caoba fina, por lo menos podría presumir que lo más fino lo llevaba en el culo.
Meditó unos momentos en lo que le había pasado, era imposible que alguien como él, un ingeniero de tanto prestigio, tuviera la mala fortuna de encarnarse a una silla. Se frotó los ojos con paciencia, miró la decoración de su oficina, respiró profundamente resignado a sentarse, para entonces sobre él mismo.
A escasos cinco minutos su mutación era evidente, ahora sus piernas se encarnaban a las patas delanteras y sus brazos a las traseras, formando un arco análogo al de las sentaderas. «Así como va esto no tardaré en ser una silla». Y así pasó. Cuando los inspectores de control administrativo llegaron a recoger sus informes él ya era una silla.
«Otra vez llegamos tarde» berreó uno de los inspectores en tono despreocupado.
«Sácala a la calle junto a todas las demás. En vez de ser una renombrada institución burocrática terminaremos siendo mueblería» respondió el otro colérico, haciendo señas para que alejaran aquella silla de su vista.
“Es común de los leviatanes ser lúbricos; así apetecía; enroscado en sí mismo, no como todos los demás que se extendían ridículos sobre el piso...”:
Ese era comienzo de su relato de no ser porque Marco Beltrán optó por otras varias alternativas. Miró largo rato esa espeluznante hoja en blanco que nada le regalaba sino un incomodo estanque creativo. Para no caer en una persistencia sádica, salió a tomar un poco de aire; la simple mención de una bestia bíblica en su obra le obsequiaba cierto deleite mental. Desayunó huevos a la mexicana, pan tostado y café con leche en Bukner Champ´s. Pensó que una vez desayunado sería más fácil recrear el relato; las imágenes serían más concisas, maleables. Marco Beltrán sabía que había soñado alguna vez con un cuento parecido. Una vez frente a la máquina de escribir, pensaba: “el leviatán yacía enroscado en su propio cuerpo”. ¿Qué significaba aquello? ¿A dónde apuntaba aquella historia? ¿Era una historia real más allá de tratarse de la metaficción del cuento? No soportó más sus confusiones. Esa misma tarde fue a visitar a su colega Martha con la intención de contarle su padecimiento.
─Lo que pasa es que tienes varias entradas, pero recuerda que en el cuento sólo existe una salida ─dijo ella sirviéndole una tacita de té de naranjo─. Lo único que debes hacer es hallar la forma de entrar al pasaje narrativo.
Más tarde escribió:
“Empezaría enroscándose, los leviatanes suelen olvidar su verdadera misión: la tentación al pecado, el dulce sabor de las almas condenables...”: Pero todo parecía inútil. Después, antes de tomar la siesta, anotó: “Él durmió pensando en la maravilla humana, se enroscó en sí mismo...”.
Cuando despertó ya no tenía ganas de escribir. Había acabado con eso de los réptiles bíblicos, y para olvidarse de todo eso leyó una novela rusa. Fue entonces cuando alguien llamó a su puerta. Marco Beltrán se levantó del diván con libro en mano. Era Martha.
─¿Aún te interesa la víbora?
─No, acabe con eso ─contestó Beltrán.
─Entonces cuento es.
─No, dejé de escribirlo. Caí en cuenta de que sólo fue un arranque ideático, no una historia.
Pero el leviatán nunca olvida la tentación hacia el hombre, esa pestilencia mortal que tanto lo seduce. La imaginación impúdica es un verdadero majar para el monstruo. Los deseos enmudecidos son su entremés y Beltrán lo comprendía. Hasta ese momento supo la verdadera razón de su estanque creativo. Veía deslizándose a la bestia por las paredes de su sala, mirándolos, mostrándoles la lengua, saboreando sus futuros bocados. Marco Beltrán se hallaba indefenso frente a su colega, sintió esa fragilidad. Tiró la novela rusa, la vio fijamente a los ojos percatándose de que ella no sabía nada. ¿Cómo iba a saberlo si nunca había visto al leviatán tan cerca como él lo estaba viendo?
─¿Qué sucede? ─preguntó Martha consternada al ver el aspecto de su amigo.
“Pero que podía saber ella. El leviatán los había acorralado, la circunstancia estaba a punto de cobrar vida y ella seguía preguntando tonterías. El réptil había tapado todas las salidas posibles”. Él no dijo nada, aventó a Martha al suelo, cubriéndola con su cuerpo; demasiado tarde, los dos fueron devorados por la bestia de bestias, el momento era hermoso como trágico, el deseo se volvió ponzoñoso. La bestia comenzó por paralizarlos con una de sus letales mordidas, los desolló con su escamosa lengua y termino por desmembrarlos a pedazos. Al final los digirió perezosamente como debían de ser digeridas las presas de los leviatanes.
─No sabía que me tuvieras tanta confianza, Marco ─susurró a su oído Martha. Antes de levantarse con el pretexto de usar su sanitario, cubriéndose los pechos y la entre pierna con una frazada. “Ella no sabía, ahora es excremento de leviatán; todo había ocurrido como en un cuento soñado”. Él se acurrucó sintiéndose vulnerable ante el frío de la pieza, su desnudez lo deliberaba no solo de las nieblas intencionales que siempre tuvo presentes sino de sí mismo también. Pensó: “Pero el leviatán tenía más hambre. ¡Esas bestias siempre tienen más hambre!”. Miró las nalgas de Martha mientras ella caminaba, Marco sonrió con deleite.
Mañana por la tarde dibujaré pútridos para árboles solares, floreceré como engendro prodigioso del sereno y tierra. Se cumplirán mis deseos: abrir submundos bajo mis pies, tocando el clarinete del césped y sus maravillas envolventes. Durante el crepúsculo un pajarito verdeazul comerá migajas de pan en mi mano, esperando el ocaso quebrándose como las gladiolas. Junto a la omnipotente fuente de Marinetti saborearé un hirviente helado de pistache, placentero pronóstico de la velada; mi conciencia no sabrá nada. Cuando la noche sea fetal habrá de llegar el momento de pintar, superando mis pútridos: señoritas desnudas corriendo entre los prados, siendo llevadas por señores pingüinos de la mano. Dibujaré ancianos dándoles de comer lombrices a sus nietos, besando sus labios, dibujaré amantes sobre las sombras, mutilándose los miembros; carcomidos por los celos. Yo, junto al pajarito verdeazul, sublevaremos todo sentimiento de resguardo, aborreceremos las mencionadas escenas, ninguna digna de un cuadro, tan sólo de un bosquejo. Llegará la hora de retirarnos y regresar en paz a la madre tierra.
Pasado mañana por la mañana el pajarito verdeazul será mi madre.
Una vez que lo acorralamos hay que comenzar a ser más cautelosos, como los gatos, precisamente; contra la pared, y sutilmente, sin quitarle los ojos de encima, hay que acercamos a él, pero a manera delicada, que no se sienta acosado, presionado, pues es tan sorpresivo que podríamos provocar su escape.
Cuando esto suceda trataremos de respirar tranquilamente, calmando así la emoción de atraparlo por primera vez. Para entonces el amor parecerá un ratoncito vulnerable. ¡Y es ahí!, cuando ya nos pasamos toda una vida asechándolo, que le saltamos por el lomo, y como es su costumbre, se esponjará; pareciendo más grande y temible, pero no hay que espantarse, pues sólo se trata de un mecanismo de defensa para ahuyentarnos; su intención será provocarnos el mayor temor posible. El amor también tiene su instinto primitivo de supervivencia. Si logra espantarnos todo estará perdido, lo dejaremos escapar, y nunca jamás volveremos a acorralarlo, a no ser que corramos con la suerte de toparlo nuevamente dentro de la alacena, debajo de la estufa, corriendo por las orillas de la pared; cualquier recoveco de un departamento es escondite perfecto para el amor. En caso de que seamos lo suficientemente valientes para afrontarlo nuevamente, y no temerle, entonces, imagínese lo que sería tener un verdadero amor entre nuestras garras, como los gatos, precisamente. Sin duda, la experiencia más deliciosa.